Por el día es un respetable banquero en Milán. Pero cuando abandona su trabajo ‘oficial’, Alfredo Paramico es otra persona muy distinta: un impenitente coleccionista de relojes de lujo cuyas piezas están valoradas en 20 millones de euros.

Por VÍCTOR GODED

Dicen que el tiempo pasa igual para todo el mundo. Puede que sea verdad. Pero también hay quien disfruta viendo cómo pasan las horas. O, mejor dicho, contemplando cómo se desplazan las manecillas de un  reloj. Y Alfredo Paramico es, probablemente, el mejor ejemplo. Su santo grial son los relojes de lujo. Y, de hecho, posee una de las mayores colecciones de todo el mundo.

Cada mañana, este italiano cercano a la cincuentena se viste con elegancia para ir a trabajar en un banco de Milán. Es su día a día, pero no su pasión. Lo que le da color a su vida es la consciencia de que en sus muñecas luce piezas con un valor incalculable y con una indudable capacidad de hipnotizar a los demás.

Comenzó en esta aventura hace más de veinte años. Su interés estaba en los modelos de alta gama y, sobre todo, con un aroma vintage: «Mi objetivo son sobre todo los Patek Philippe y los Rolex, pero estoy enamorado de Longines. Casi nadie sabe que entre 1930 y 1950, la firma produjo algunos de los mejores prototipos cronográficos que la industria relojera suiza ha visto jamás». A eso se dedica Paramico, a examinar los relojes de época que a los mundanos les cuesta reparar.

Ese interés desembocó en la creación de su fundación, Precious Time. La fórmula no admite réplica: inversión, mantenimiento, puesta en valor y venta de los artilugios, principalmente en subastas. Para la creación de este entramado reconoce que se ha gastado el 90 por ciento del dinero que ha ganado gracias su profesión. Una inversión que se ha traducido en tesoro. Su colección relojera está tasada hoy en unos 20 millones de euros. Sin ir más lejos, en 2007 adquirió un Patek Philippe 1518, una de las únicas cuatro piezas manufacturadas durante la Segunda Guerra Mundial. Paramico se hizo con él por 2,2 millones de euros, cinco veces más de lo que se gastó el anterior poseedor en los 90. A los pocos años su valor se había duplicado. En su palmarés también figura un Bulletin Chronometer 2499 que pasó por las virtuosas manos de Eric Clapton o un Nautilus 3700, valorado en 750.000 euros.

A caballo entre Milán y Miami, este gentleman no vacila en destacar qué es lo más importante para triunfar en este negocio: «La calidad. Un reloj en buenas condiciones no basta; tiene que estar intacto».